No leerse a sí mismo (o sí)

“Te vuelvo a repetir bajo palabra de honor que jamás leí a Onetti”. Así de rotundo se manifestó Juan Carlos Onetti en una entrevista con María Esther Gilio. Y ahondando en su relación de amor-odio consigo mismo decía: “mi mejor amigo es Onetti, pero en literatura me tiene harto ya”. Seguramente este comportamiento hacia lo que ya había escrito, lo que consideraba ya concluido, tenía unas raíces más profundas que una mera pose.

Onetti se confesaba enamorado de lo que estaba escribiendo, como si para él no hubiera más literatura que la que tenía ese momento entre sus manos. También, en una entrevista concedida a Televisión Española en 1976 le confesó a Soler Serrano que sentía una necesidad de “largar amarras” sobre lo ya escrito e insistía, “jamás he releído lo que he publicado. A veces leía un capítulo y decía, qué lástima si esto lo hubieras trabajado mejor, con más paciencia, acá hay tantas cosas para desarrollar o embellecer […]. Otras veces lo abro por otro lado y me digo, pero qué bien escrito, nunca vas a escribir como escribiste esta vez, entonces lo tiro. Me siento derrotado por mi propia literatura”.

Juan Carlos Onetti - Fotografia biografiasyvidas.com
Juan Carlos Onetti – Fotografia biografiasyvidas.com

Pero en su poco interés por releerse había más que ese miedo a lo ya escrito. Para Antonio Muñoz Molina, la escritura de Onetti provoca una sensación de estar “siendo inventada en ese momento”. Muñoz Molina asemeja la forma de escribir de Onetti a un músico de jazz que está improvisando. Y parece darle la razón la lentitud de su escritura y las pocas correcciones que se encuentran en sus manuscritos. Mucho de su voz pausada y densa está en su literatura. Parece que detrás del texto está el propio autor sin más intermediarios que el papel y el lápiz .

El que fuera premio Cervantes, salvo alguna excepción al principio, escribió siempre a mano —Eduardo Galeano cuenta que le dijo en una ocasión que escribir a mano era “lo mejor”— y nunca corrigió pruebas de imprenta ni pasó sus textos a máquina, era Dolly (su esposa Dorotea Muhr) quien hacía esa tarea. En esos originales, casi todos cuadernos escritos a lápiz —aunque Onetti aprovechaba cualquier papel o página descuadernada— se observan mínimas correcciones, principalmente tachaduras. La propia viuda considera que “escribía a mano y lento, le daba tiempo a pensar y eso le evitaba corregir”.

A esta actitud hacía la relectura y la reescritura hay que añadir cierta “indiferencia” general. En una entrevista que aparece en el documental que se rodó para conmemorar el centenario de su nacimiento lo dejó claro: “mi reino no es de este mundo”. El periodista Ramón Chao le preguntó para un documental de la televisión francesa si le entraban deseos de escribir y se esforzaba en cuidar su prosa, su respuesta fue contundente: “En absoluto. Y no corrijo. Tengo de testigo a Dolly, que se encarga de marcarme las palabras repetidas”. La mirada triste, las patillas de las gafas por encima de las orejas y un desapego a prácticamente todo escondían una timidez casi enfermiza y un antidivismo que podría parecer irreal. Cuenta Muhr que cuando le concedieron el Cervantes le preguntaron por lo que significaba el premio y contestó sin pestañear que “diez millones”. El futuro, la tranquilidad para su futura viuda (era bastante más joven que él) era el significado que daba al premio. Él escribía por “placer”, “porque sí”,  “por vicio”. Incluso a pesar de haber sufrido cárcel y exilio nunca aceptó la etiqueta de escritor comprometido: “El único compromiso que acepto es la persistencia en tratar de escribir bien y mejor y encontrar con sinceridad cómo es la vida que me tocó conocer y cómo es la gente condenada a convertirse en personajes de mis libros”. Eso era todo. Escribir. Más bien seguir escribiendo y dejar lo demás atrás.

En las conferencias que Jorge Luís Borges ofreció en Harvard en 1967 —recopiladas en el libro Arte poética— se consideraba “esencialmente un lector”, aunque por sus propias palabras se podría deducir que no un lector de su obra. “En mi última conferencia hablaré de un poeta menor: un poeta cuyas obras no he leído nunca pero cuyas obras he escrito. Hablaré de mí”. La complejidad de sus propias creaciones —consideraba que las novelas contenían relleno y que encontraba más complejidad en relatos que en muchas novelas— y el desapego a su obra se cobraban un precio. Como una maldición sus palabras lo perseguían y Borges debía reconocer, no sin cierta pesadumbre, que le hacían preguntas difíciles y profundas sobre sus relatos: “me interrogan sobre relatos que yo he olvidado por completo”. Este cierto desprecio hacia su propia obra y a la lectura de la misma no era pura impostura.

“Manosear lo menos posible su propia obra” era para Borges la mejor manera de escribir. “No creo que retocar y retocar haga ningún bien. Llega un momento en que uno descubre sus posibilidades: su voz natural, su ritmo. No creo que ninguna corrección superficial resulte útil entonces”. Aunque cierto, este consejo tiene trampa. Para conocer tu propia voz hay que haber escrito mucho, haber fallado mucho, incluso haber fracasado. Seguramente eso era lo que había hecho Borges toda su vida, ya que aseguraba que lo bueno que había escrito se debía al “método de la tentativa y el error”  e insistía diciendo que no había “cometido todos los errores posibles —porque los errores son innumerables—, pero sí muchos de ellos”.

Casi metidos en el terreno de la leyenda, María Kodama cuenta que “un día estaba junto a Borges en Estados Unidos, se despertó y me dijo que me iba a dictar un poema […], lo publicó y se hicieron las reediciones de libros, pero nunca corrigió ese poema, cosa que era casi imposible imaginar en Borges, porque para él, un poema o cuento era el comienzo de una infinita serie de correcciones. Un día, con curiosidad, le pregunté por qué no había hecho la corrección de ese poema. Y me respondió: ‘No, yo no puedo corregir ese poema, porque ese poema no es mío, me lo dictó Kafka en el sueño, cuando vuelva a soñar y Kafka me diga que debo corregirlo, él sabrá qué debo corregir’”.

Así que aunque Borges dijera que no había leído su obra, parece que sí la corregía. Un camino que practicó hasta la obsesión —como con muchas otras cuestiones de su vida— Juan Ramón Jiménez.

A Ida Vitale, también activa practicante de la relectura y la corrección, le llamó mucho la atención la obsesión de Juan Ramón Jiménez. “Me impresionó que le dieran un libro para que lo firmara y se dedicara a corregir los poemas. Decía que un poema hay que escribirlo y guardarlo hasta que a uno se le olvide”. Y tanto material guardó el premio Nobel que hoy día se siguen publicando libros que había dejado preparados para su posterior corrección y, quizá, publicación.

Juan Ramón se movía entre los extremos a la hora de escribir —igual hacía cientos de kilómetros para buscar un papel específico que escribía en el menú de un hospital, un papel suelto o un prospecto—. Según Javier Rodríguez Marcos, su obsesión por la corrección y el orden le llevó a crear “decenas de esquemas para unas obras completas que nunca llegaron a serlo: primero en 12 volúmenes, luego en 700 cuadernos, más tarde en 21 tomos organizados por géneros…”. Tal era su obsesión que entre 1923 y 1936 no publicó ningún libro y se dedicó a preparar sus “borradores silvestres”. Incluso llegó a preparar una especie de revista unipersonal en la que publicaba su trabajo en marcha, volcando en su edición —elección de papeles, tipografías…— la misma obsesión que dedicaba a su escritura. Tal era la minuciosidad con la que preparó estas publicaciones que hay quien considera que acabó dejando huella en la forma de editar libros en España.

Se cuenta que Juan Ramón, arrepentido por la publicación de sus libros Ninfeas y Almas violetas intentó evitar la reedición y robarlos de las bibliotecas que lo habían adquirido. Una especie de Kafka pero en vida, ya que éste, poco antes de morir, mandó quemar todo lo que había escrito. Menos mal que no le hicieron caso.

Como Juan Ramón Jiménez, Paco de Lucía contaba que él hubiera estado grabando toda la vida el mismo disco. Seguramente nunca habría acabado ese disco eterno y para muestra una anécdota que él mismo contó: En una ocasión estaba montado en un taxi y empezó a sonar un guitarrista tocando por alegrías que, en palabras del músico, “tocaba muy bien”; segundos después se dio cuenta de que era el mismo y como si de una reacción alérgica se tratase empezó a aparecer en su cabeza una gran desazón. Empezó a encontrar fallos en aquellas alegrías y aquel tipo que alguna vez tocó muy bien, el mismo, ya no le gustó jamás. Y es que la relectura tiene dos caras que ya supo ver Onetti, que tu propia creación te derrote o que la insatisfacción se apodere de ti.

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